LA CIUDAD NO ES UNA CIUDAD

Hoy es 24 de diciembre, esto que leen es un diario, yo no soy un arquitecto… en realidad, la ciudad -esta ciudad que ustedes habitan- no es una ciudad. Se trata de un espacio urbanizado al completo, hiperplanificado. Tenemos que fatigarnos impúdicamente en un intento fallido por seguir descubriendo misterios, seguir improvisando o participando en el juego de la ciudad.

Podemos pensar que las ciudades son determinadas a partir de sus habitantes o sus relaciones sociales. También podemos entender que es la estructura de la ciudad la que da lugar a nuestras propias formas de vida: que no viviríamos igual en Amsterdam que en Marrakech, en Murcia que en Moscú. Probablemente las dos ideas son ciertas a la vez, y cada vez se hace más necesaria una reflexión profunda, un replanteamiento acerca de qué ciudades queremos compartir. Según he escuchado al profesor Jarauta, «la ciudad se construye como forma cultural acorde a las condiciones de cada época y afín a las particularidades de cada forma de sociedad». La nuestra, la sociedad del siglo XXI, es una forma de capitalismo que reduce toda la vida social a un espectáculo en el que no somos más que meros espectadores.

Sin embargo, la condición de ciudadano debe incluir una serie de dimensiones que se refieren a las interacciones entre personas (ayudas, apoyos, reuniones, juegos, manifestaciones, tomas de postura, comunicaciones, acuerdos), a la producción y gestión de informaciones útiles, a iniciativas de agrupaciones o dinámicas sociales.

Apropiaciones, espontaneidad, improvisación. A día de hoy, las instituciones actuales trabajan en la planificación de ciudades basadas en el control. Tratando de calmar la excitación producida por la vida urbana dotan al usuario de los espacios públicos, de entornos claros, definitivos, ordenados, que representan los valores absolutos de la sociedad que compartimos. ¿No deberíamos trabajar en una tarea invisible y sensible, en la que el ciudadano deviene actor, creador o transformador del entorno? Entender la arquitectura como matriz de comportamientos, como generadora de experiencias, y no como objetos fabricados, diseñados. Lo que define la arquitectura es lo que es posible hacer en ella.

Autoespacio público. Lanzamos al aire este nuevo concepto, que entendemos como contexto urbano no condicionado por un diseño previo, que es susceptible de comportamientos no programados, espontáneos o improvisados. Si aplicamos este principio a un solar urbano: que en el lapso de tiempo que va desde que se derriba una edificación antigua hasta que se edifica otra nueva, los solares sean ocupados, utilizados por la gente del barrio. La idea se mantiene en el tiempo, pero los solares son efímeros, en un momento dado dejan de serlo. Entonces, el concepto migra a otro no lugar. Sólo unos pocos solares se mantienen activos simultáneamente. La estrategia es que, al cabo de un tiempo, el concepto marche solo, sin nuestra participación. Que la gente construya sus propios espacios: autoconstrucción, autodiseño. Los distintos estados, momentos, del experimento serán los que los activistas, las condiciones climáticas o el devenir de los mecanismos propios de la ciudad provoquen.

Indefinición formal. Con una intención domesticadora, el diseño urbano actual trata de agotar las tramas, de no dejar ningún territorio sin redimir por la vía del proyecto. Ningún terrain vague, territorio asilvestrado, donde las personas puedan sentirse realmente frescas, intuitivas. Los proyectos urbanísticos constituyen, de esta manera, las instrucciones de uso de los espacios públicos, orientan la acción e indican lo que conviene hacer, pensar, sentir o desear. Sin embargo, el vacío tiene unas capacidades sin igual para aquellos insolentes que se animan a darle vida fuera de un planteamiento urbano que lo controle. Una arquitectura sin atributos a la que los habitantes, mediante su uso, materializan o dotan de significado.

Carácter político o de mediación. Los espacios exteriores de nuestras ciudades son instrumentos políticos en el sentido que suponen una mediación entre habitantes de un mismo presente -y por habitantes me refiero no sólo a personas, sino además a colectivos, entornos, geografías, en fin, entidades o esencias-. Lo que trato de poner en su punto de mira, es la diferencia entre el espacio público planificado y lo que podemos denominar autoespacio público. El primero es un espacio definitivo, unificado, excluyente, ordenado, una imagen o unas indicaciones de lo que debe ser. El segundo puede ser complejo, disperso, inestable, poético, intermitente, integrador; y por tanto capaz de producir entornos avanzados democráticamente, entornos urbanos participativos y autogestionados por los actores que componen nuestras ¿ciudades?

 

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